Cara Norte de los Grandes Jorasses.

Cara Norte de los Grandes Jorasses. El Linceul
G. Martínez Villén

   Verano de 1981:
            Éramos jóvenes y atrevidos. Esta es la realidad de una etapa de la vida en la que el exceso de confianza y el defecto de reflexión se combinan para dar resultados a menudo aleatorios y ocasionalmente magníficos. El Linceul pudo jugarnos una mala pasada, pero esa vez la suerte estuvo de nuestro lado y regresamos sintiéndonos triunfadores en una gran pared. El paso de los años atempera las motivaciones y permite hacer valoraciones que no son posibles en otros momentos más tempranos de nuestra existencia. Transcurridos 25 años recuerdo el Linceul como una soberbia escalada en hielo repleta de dificultades.


En realidad, esta pared no formaba parte de nuestros planes al salir de Zaragoza. Aquel verano todas las esperanzas de Pepe Garcés, Jesús Sánchez y la mías propias estaban depositadas en el Espolón Walker, pero recientes nevadas habían dejado impracticable la roca. Sin embargo, el proyecto de escalar en la cara Norte de los Jorasses, que atesora algunas de las gestas más sobresalientes del alpinismo, se había fraguado a lo largo de meses, y no estábamos dispuestos a desestimarlo.


Chamonix nos recibió con cielo nublado el uno de agosto. Las idas y vueltas a la “meteo” se sucedían esperando que despejasen las nubes. Mientras, repasábamos en la guía posibles alternativas a la Walker. Como ejercicio de consuelo aprovechamos una fugaz mejoría del tiempo para escapar hacia la Goulotte Chére del triángulo del Mont-Blanc de Tacul. El día soleado nos permitió disfrutar de esta escalada, pero el mal tiempo se extendió al final de la jornada por toda la región. De esta forma, la espera continuó obligada hasta el 8 de agosto, iniciándose una previsión meteorológica óptima que hizo renacer las expectativas en los Grandes Jorasses. Tomamos pues el tren cremallera de Montervers con un destino decidido: el Linceul.

 

El Linceul:
Esta pared de hielo con forma trapezoidal que significa sudario en español, fue abierta por René Desmaison y Robert Flematti entre el 17 y el 25 de Enero de 1968. Los afamados alpinistas eligieron esas fechas por su conocida afición hacia las aventuras invernales y por las mejores condiciones de la pared en comparación con la temporada estival. Lo cierto es que tras ocho días de ardua lucha con un material mucho más rudimentario que el actual y tallando escalones, salieron a la Arista de las Golondrinas en tal estado de agotamiento que renunciaron a la cima y al interminable regreso por la vertiente italiana. Optaron así por rapelar la vía. Según nuestra información, en 1.982 el Linceul había sido repetido muy pocas veces y nunca por españoles, si excluimos un logro en solitario que en los ambientes montañeros no se consideró veraz. Varios detalles eran los responsables de ésa historia: la severidad de esta cara Norte, que culmina a 4.208 metros; sus 950 metros de recorrido en pendientes de hielo extremas, tras las que queda un terreno en roca todavía delicado hasta la cumbre; su gran exposición a la caída de hielo y piedras y un descenso glaciar muy largo y comprometido.


 Refugio de Lexchaux, 2450 mts.:
Por la tarde alcanzamos el refugio de Lechaux a 2.450 metros. Desde la terraza se veía en plenitud la muralla. Varias cordadas tenían intención de ir al Espolón Walker y ultimaban los preparativos del material para la escalada, hacia la que partieron sobre la 2 de la madrugada.  Pero el estado de la roca no era favorable y retornarían tras el abandono mediada la tarde del día 9. ¿Estaría practicable nuestro objetivo? Su verticalidad y lisura hacían que la nieve caída se hubiese posado escasamente, y aunque desde la lejanía la pendiente se veía totalmente blanca, los prismáticos del guarda delataban permanentes deslizamientos sobre una pista verdosa de verglás, situación de la que fuimos prevenidos.


Dejamos pasar las horas de insolación con la idea de que la nieve se hiciese más estable. “Españoles locos...”, insistía Michel tratando de convencernos de la temeridad del propósito. En efecto, por entonces, las rutas de hielo del macizo del Mont-Blanc ya habían comenzado a deteriorarse con el enrarecimiento de la climatología. En muchas se habían modificado no sólo las características y condiciones de la capa de innivación que encontraron los primeros ascensionistas. Incluso la orografía y el trazado de la ruta original quedaban sujetos a variaciones impuestas por el afloramiento de hielo viejo y duro como el diamante en los meses de verano. El Linceul no escapaba a dichas mutaciones, que se acentuaron con el paso de los años. De hecho, en 1.988 regresé al refugio de Lechaux para escalar la Contamine de la cara Este de los Pequeños Jorasses, coincidiendo con una cordada que la noche de ese mismo día salió camino del Linceul. Nosotros nos levantamos más tarde, observando en plena oscuridad sus luces progresando de manera extremadamente lenta en la base de la pared. De vuelta en el refugio supimos de la retirada de aquellos alpinistas después de encontrar toda clase de dificultades en el primer centenar de metros de la goulotte.

 Diez de la noche del 9 de Agosto.  Los preparativos.
            Los preparativos eran entonces los nuestros. Si con la luz del día y el sol radiante todo se ve con un aire de optimismo, la oscuridad y el frío conceden a la partida un tinte de desasosiego e incertidumbre que me ha atacado siempre en este tipo de aventuras. La luna perfilaba con su resplandor los cresteríos bajo el cielo plagado de estrellas. Al frente, impasible, la Norte de los Grandes Jorasses. Tan oscura como un agujero negro dispuesto a tragar todo lo que vagase en sus inmediaciones.


Inapetentes sorbos de té, alguna galleta pastosa en el paladar y pronto los tirantes de la mochila sobre los hombros. Los tablones de madera del piso de la terraza del refugio resonaron bajo las pesadas botas antes de entrar en el sendero que descendía hacia el Glaciar de Leschaux. La luz frontal oscilaba con el balanceo de la marcha y el silencio se hizo dueño de nuestros pasos. Introspección del ser humano que no manifiesta por decoro lo que por su cabeza pasa en tesitura semejante, pero la suerte estaba echada.

   
Primeras pendientes.  El muro de 85%...

La mortecina luz que portábamos no permitía una buena orientación en el enorme espacio que nos rodeaba, y no tardamos en meternos en un caótico y conflictivo laberinto de grietas que nos costó sortear. Sobre la una de la madrugada estábamos bajo el cono de deyección de los corredores que señalaban el punto de partida. En las primeras pendientes bajo la rimaya nos encordamos. Metidos en el segundo largo del gran couloir, un inesperado resbalón de Jesús tensó la cuerda y una “flauta” de rosca salió despedida de la reunión superior, deslizándose enhebrada por el mosquetón. Primer aviso. La nieve dura del comienzo, se había compactado hasta transformarse en placas verglaseadas. A partir de allí ya no hubo tregua, pero toda mala situación es susceptible de empeorar. En lo sucesivo progresaríamos de uno en uno...


Subíamos dando relevos tras varios largos al que iba en punta. El pozo oscuro bajo nuestros pies fue mostrando con la claridad gélida del alba sus abismales relieves. Hasta el momento no habíamos dejado los 70 a 75º de pendiente y nos disponíamos a afrontar el tramo más duro: el muro de 80 a 85º. Luego, unos largos menos severos nos depositaron bajo la gran placa. El sudario nos recibía con los primeros rayos del sol destellando sobre la Arista de las Golondrinas. Cálida visión; reconfortante perspectiva de la salida, aún muy lejana.

 El accidente
El mismo sol que levantó nuestro ánimo inició su tarea de erosión en la cresta somital y pequeños fragmentos de hielo y piedras comenzaron a volar por los aires. Encontrándonos al aplomo del punto más peligroso para los desprendimientos, apostamos por abandonar la zona central de la gran placa y alcanzar su extremo derecho. Esta zona era más empinada, pero aparentemente más protegida al lado de la pared de roca, que despertó en nuestro instinto su querencia, como en el toro la barrera cuando herido busca cobijo para su sufrimiento.  Dicho y hecho... En travesía ascendente pasé delante. Agotadas las cuerdas monté la reunión con toda la seguridad de la que fui capaz. Inmediatamente después me siguió Jesús. Pepe quedaba en la otra punta. Súbitamente, un zumbido próximo fue seguido de un gemido, y de la boca de Jesús fluía sangre aparatosamente. Mantuvo el tipo como pudo y alcanzó el punto donde yo me encontraba. La situación no permitía filigranas. Comprimí la herida del mentón y del labio con un puñado de nieve sobre el mismo pasamontañas y la hemorragia cedió. Al momento Pepe estaba a nuestro lado, entonces un enorme cascote impactó justo en el punto donde habíamos montado la reunión anterior, despedazándose estrepitosamente en multitud fragmentos. Estábamos vivos milagrosamente.

 Vivac.
Con el ánimo quebrantado, la fatiga se fue acumulando en nuestros cuerpos, hastiados de golpear una y otra vez la pendiente, de la que salían constantemente lajas de hielo al clavar los crampones y piolets. Pocos días antes, Jesús había comprado uno de pico tubular, y su punta ya estaba destrozada por este hielo despiadado. Pepe progresaba quejoso con dolor en los dedos de los pies, secuela de unas congelaciones que había sufrido ése mismo invierno en la Aguja Verde. Ciertamente fueron muchas las razones que hicieron nuestro ritmo inquietantemente pausado, de tal manera que las grises sombras del atardecer volvieron a adueñarse de la montaña y nos planteamos el vivac. La clave era ¿dónde instalarlo?


Confiados en hallar una repisa, alzamos la mirada hacia el contrafuerte que a nuestra derecha descendía de la Walker, y avistada la posibilidad me dispuse a alcanzarla. Engañosa perspectiva que me condujo al largo de cuerda tal vez más comprometido que haya hecho alguna vez... Desde la precaria reunión afronté una placa helada hasta la roca. Con los crampones siempre en las botas emprendí una amplia fisura de granito taponada por verglás, de tal forma que durante una decena de metros me fue útil el martillo-piolet. Luego, el terreno se hizo sostenido y en posición acrobática tuve que dejarlo malamente clavado en el ya escaso fondo de la hendidura. Las puntas de los crampones chispeaban tratando de encontrar un relieve sobre el que hacer mella. Con el corazón en la garganta por la tensión y el esfuerzo, me detenía para recuperar el aliento, viendo abajo a mis dos compañeros. Finalmente, la cuerda dejó de correr. No había más metros, ni había repisa, ni algo que se le pareciese. Sin clavos ni elemento para colocarlos, decidí rapelar desde el único sitio disponible: un saliente de piedra que emergía de un pequeño abombamiento de hielo. Muchas veces me he preguntado como me encaramé en aquel lugar. Lo único que tengo claro es que si continué subiendo hasta el límite fue porque no tuve valor para destrepar. Por lo tanto,  en precario equilibrio me desaté, uní las cuerdas y las pasé por encima de aquel resalte de granito. Fácil de decir, pero harto complicado de ejecutar. Inmediatamente grité a mis compañeros para que también se desatasen, y al momento las dos sogas colgaban péndulas en la nada. Desafortunadamente, en su movimiento de vaivén arrancaron el martillo-piolet que antes había dejado anclado en la fisura, cayendo con varios golpes metálicos hasta desaparecer engullido por la penumbra del crepúsculo. Finalmente me colgué del rapelador mirando sobrecogido si aquella piedra se movía. Fue un acto de fe frente al que no tuve opción, pero el tinglado aguantó y minutos después me reunía con Pepe y Jesús. Nunca he tenido dudas de que un fallo en aquel tramo o en el anclaje del  rapel hubiese supuesto una vertiginosa y fatal caída de los tres, rebotando como muñecos en una delirante sucesión de segundos hasta el fondo del glaciar. Pero ése no era el día. Desgraciadamente, Pepe habría de encontrarlo 20 años más tarde descendiendo del Dhaulaghiri, en el Himalaya de Nepal.


Sin elección, ampliamos a duras penas las repisas de los pies para acomodarlas a las posaderas en la misma reunión donde nos hallábamos. Nuestros avales fueron una estaca de hielo descabezada por el repetido maceo, los piolets y las cuerdas que todavía pendían en la pared. Algunos dulces y una sopa preparada con el infiernillo entraron con desgana en el fondo de unos estómagos contraídos por el ayuno y la congoja. Siendo noche cerrada nos metimos en el único saco y las dos fundas de vivac que portábamos y el sueño nos apartó de la realidad por unas horas... ¿Con qué curiosidad observarían desde el refugio de Leschaux aquél fluctuar de lucecillas colgadas en la zona terminal del Linceul?

 Amanecer, Arista de Golondrinas. Punta Walter!
Coloreado por el naranja solar, despuntó el amanecer y la actividad renació en la cordada. Desde el punto de vivac avanzamos con movimientos mucho más confiados hacia el último escollo: una canal de terreno mixto que nos depositó, por fin, en la Arista de las Golondrinas.  Habíamos abandonado el Linceul. Sintiendo de lleno el calor del sol en la arista, continuamos por la roca salpicada de nieve hasta caminar por el lomo nevado de la punta Walker, que pisamos inmaculada la mañana del 10 de Agosto de 1.981.

Página ideada y mantenida por Jesús Yarza García
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