Jolly

Jolly
Jesús Yarza

   Lo que a continuación voy a relatar ocurrió hace más de treinta años, por eso posiblemente habrá fallos en mi memoria, aunque creo que  lo más importante quedará reflejado.   

   Sería un puente o unas pequeñas vacaciones de verano, en cualquier caso no disponíamos de más de una semana, los protagonistas de esta pequeña historia, Víctor Asensio y yo, no habíamos cumplido los 18, ya que no teníamos ni pasaporte ni permiso paterno para viajar al extranjero.

   Decidimos ir al Midi D’Ossau, ya que al tener varios días libres era una oportunidad única para conocer ese macizo.

   El viaje hasta Sallent de Gallego lo realizamos en autobús, en Sallent hicimos auto-stop, un coche nos llevó hasta la frontera con Francia, como no disponíamos de pasaporte (en aquellos tiempos era necesario), le dijimos al conductor que nos dejara  en lo alto del Portalet pero sin llegar a la frontera, de allí cruzamos andando por el monte detrás del edificio de la aduana hasta Francia y posteriormente hasta el refugio de Pombie que está al pie del Midi.

      Una vez instalados en el refugio y ya en el comedor, a la hora de la  cena, iniciamos una conversación con dos madrileños que tenían intención de escalar la vía Jolly a la Punta Jean Santé, ellos creían que era una Primera Nacional, durante la larga tertulia nos invitan para que les acompañemos a esta pared, nos dicen que conocen bien la zona que tienen una guía con reseña de la vía y conocen las bajadas. Como nosotros no llevamos ninguna información ni  llevábamos ninguna vía premeditada para escalar, y era la primera vez que íbamos al Midi accedemos gustosamente a acompañarles, pensando que era mejor ir con gente experta que solos por nuestra cuenta.  
   A la mañana siguiente preparamos la mochila de ataque con el material, la cantimplora, los chubasqueros y algo de comida, después de un desayuno frugal y con las primeras luces del día, hacemos la aproximación hasta la pared, una vez en el inicio de la vía, los madrileños, no sé si por cortesía o por prudencia, nos conceden el honor de comenzar nosotros la escalada. Yo a mi vez le transfiero ese honor a Víctor, que será el encargado de empezar la escalada.

      Mientras nos atamos con el nudo “Edil” y nos fúmanos un “ducados”, decidimos ir a “tirada por barba”, Víctor se carga con todo el material de escalada  y comienza a trepar, llega a la primera reunión y me avisa para que suba , me cargo con la mochila de ataque y  comienzo a trepar, como el primero de la cordada madrileña viene a mi par, me evito desclavar y le dejo los seguros para que los use él, más tarde su compañero los recuperará y nos los pasará en la reunión.  
    Aunque la reunión es cómoda, pronto somos tres y antes de que el cuarto llegue y seamos multitud, le cambio a Víctor la mochila de ataque por el material de escalada y empiezo la segunda tirada, no recuerdo mucho, pero alcanzo la segunda reunión sin problemas. De allí parte Víctor para hacer la tercera tirada, cuando ha llegado a la reunión y me dice que suba, los madrileños me comentan que se bajan, es demasiado para ellos,  quieren aprovechar los seguros de la reunión para hacer el rapel, con suerte desde allí pueden llegar al suelo, o a lo sumo montar otro más abajo, pero si siguen  será más difícil bajar. (En aquellos días la pared no estaba equipada con ningún seguro).

       Me pasan los papeles con la información de la vía que ellos llevaban, nos desean suerte y nos despedimos. Yo espero que  lleguen al suelo para desmontar la reunión y seguir hacia arriba.  
    Progresamos por la pared con las dificultades típicas de la escalada, aunque seguimos fielmente las instrucciones de la guía, varias veces vemos pitones puestos en la pared y al llegar a ellos vemos que se trata de “embarques”, ya que una vez allí no se ve salida por ningún sitio y tenemos que retroceder, esto nos ocurre varias veces y nos hace perder mucho tiempo.   

     Cuando hemos superado más de la mitad de la escalada, nos toca hacer una reunión encima de un gran bloque que parece pegado a la muralla, no me gusta el sonido de los pitones, una “melilla” y una “U”  al entrar en una fisura que hay entre el bloque y la pared, por eso los cambio a otra fisura más arriba en la misma pared. Para llegar allí hemos tenido que trepar por dicho bloque, la reunión es cómoda y amplia,  por eso estamos mucho tiempo cambiando impresiones y descansando, comemos, bebemos, fumamos y reponemos fuerzas.  
      Una vez repuestos Víctor se va, llega a la siguiente reunión la asegura y me dice que suba, yo le digo que recupere cuerda y comienzo a desclavar, noto bajo mis pies un temblor, dejo de martillar y no pasa nada, sigo y termino, aviso que salgo de la reunión. Al tomar impulso para encaramarme en la primera presa, el bloque del tamaño de un armario ropero, se pone en movimiento por debajo de mis pies con un gran estruendo y forma una avalancha de bloques y piedras que se deslizan por la pared barriendo a su paso todo lo que encuentran. Yo  me quedo colgando en el vacío en medio de una placa lisa que ha dejado el bloque, Víctor no me ve, y asustado me pregunta que tal me encuentro, cuando me recupero del susto, le digo que bien y que me ayude con un tirón para salir de donde estoy. Con el corazón palpitando a tope llego a la reunión y me siento junto a Víctor, comentamos la suerte que hemos tenido, imaginamos que hubiera pasado si el bloque se va cuando uno de nosotros estaba trepando por él, o si la cordada madrileña  no abandona y continua  estando por abajo, en cualquier caso hubiera sido una tragedia.

     Desde donde estamos vemos la puerta del refugio llena de gente mirándonos, algunos con prismáticos, han oído el gran ruido de la avalancha y han salido a ver que pasaba, al ver que estamos bien, poco a poco se van marchando. Más tarde nos comentarían que también se llevaron un gran susto, temiendo por si habíamos tenido algún contratiempo.  
   Poco a poco vamos progresando por la pared, aunque es verano y el día tiene muchas horas de luz, hemos perdido un tiempo considerable en el incidente del bloque y varias veces que nos hemos despistado de la vía. La tarde ya pardea y nos vamos temiendo lo peor si al llegar a la cima no encontramos pronto los rápeles de bajada.

    Durante toda la escalada vamos siguiendo las instrucciones de la copia de la guía Olivier que nos dejaron los compañeros de Madrid, y una vez en la cima, la guía nos remite a otro itinerario para bajar, como no disponemos de dicho itinerario, nos quedamos sin saber por donde seguir. Nos cae la noche dando vueltas por allí para descubrir la bajada.  
   Nos ponemos el chubasquero y nos aseguramos a la pared, apenas podemos estar sentados, hacemos recuento de comida, bebida, y tabaco para racionarlo y nos disponemos a pasar la noche en un “vivaque muy en precario”.

   La noche se hace interminable, la boira cubre la cima del Midi calándonos con una fría humedad rápidamente, Víctor se duerme y despierta varias veces, yo apenas puedo pegar ojo en toda la noche, tras una eternidad veo el amanecer más esperado y precioso de mi vida.  
   Esperamos que los primeros rayos de sol nos calienten para desentumecer los músculos y sin desayunar, continuamos donde lo dejamos ayer, o sea buscando la bajada. En una de mis múltiples vueltas por la zona, veo una cornisa alargada e inclinada que desciende a la derecha orográfica del monte, más abajo y a lo lejos da una curva y no se divisa lo que hay detrás, le digo a Víctor me de cuerda para bajar a ver, descubro que la cornisa sigue con la inclinación bajando a la vez que la glera del suelo asciende. Pensamos que en algún punto pueden tocarse o estar cerca, si continuamos por allí destrepando lo que podamos, con pocos rápeles podemos llegar al suelo.

    Iniciamos el descenso por allí, posteriormente conoceríamos que habíamos bajado destrepando la vía “las Viras”, sin ningún otro contratiempo y sin necesidad de rapelar tras unos cuantos largos de destrepe llegamos a pisar suelo sin problemas. Eso sí, abandonando parte del material utilizado.   
   Todavía nos quedaba una última dificultad, entre nosotros y el camino del refugio había un nevero bastante inclinado, como era una zona de sombra, la nieve estaba muy dura  y llevábamos botas tipo “cleta”  muy blanda para marcar huella. Pero teníamos que pasar, así que, una vez recogido el material de escalada y la cuerda plegada a la espalda, Víctor, con mucha decisión inicia el cruce, a mitad patina y cae, con una velocidad considerable llega al final del nevero y choca contra una gran piedra que sobresale de entre las demás. Asustado le pregunto como se encuentra, me responde que no tiene nada, y se levanta con dificultad. Yo al ver lo que le ha pasado, estoy muerto de miedo, pero tengo que pasar, en la mano derecha llevo un clavo de escalada para utilizarlo a modo de punzón para frenar la caída, aprovecho la poca huella que él ha dejado hasta la mitad y llego a la otra orilla sin complicaciones.

   Nos encaminamos hacia el refugio, y antes de llegar, vemos a los madrileños que vienen a nuestro encuentro, después de saludarnos nos comentan que han estado muy preocupados durante la noche y han madrugado para seguir nuestra bajada por la pared con los prismáticos del guía del refugio, por si hubiera hecho falta ayudarnos de alguna manera.  
    Después de contar nuestra aventura a los presentes en el refugio mientras comemos, recogemos nuestras pertenencias y pedimos la cuenta, Víctor discute con el guarda para que nos descuente la noche que pasamos al raso en la cima, a lo que accede pidiendo disculpas.

   Llegamos al Portalet tan cansados que no tenemos fuerzas para dar la vuelta a la montaña por detrás del puesto fronterizo, así que nos encaminamos con decisión a pasar la frontera sin pasaporte. Ante nuestro asombro el gendarme francés ni se inmuta sentado en su silla, nosotros ni paramos, y más adelante, los dos guardias civiles están tan entretenidos mirando el maletero de un coche, que no hacen ni caso a dos montañeros que posiblemente se hayan perdido por el monte y regresan a casa.

   Bajamos hasta Sallent andando, comentando que si la Guardia Civil de la frontera nos hubiera detenido posiblemente nos hubieran bajado en el Land Rover al cuartelillo para identificarnos y nos hubiéramos ahorrado la andada, pero por si acaso es mejor andar y no tener problemas. Una vez en Sallent de Gállego subimos al autobús que nos llevará a Zaragoza tras una buena dormida.  
    

 

Zaragoza octubre de 2007

  

 

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